Libro

 
Arrojos, dichas y nostalgias.
Vascos en el Valparaíso del siglo XX
Autora Rubila Andrea Araya Ariztía.
Gestión Eusko Etxea de Valparaíso.
Ganador del Premio Andrés de Irujo 2005.
Publicado en Colección Urazandi, Volumen 16.
Presentado en Bilbao, Euskadi.
En el IV Congreso Mundial de Colectividades Vascas, efectuado en julio de 2007.
Presentado en Valparaíso, Chile.
En Biblioteca Santiago Severín, el 13 de diciembre de 2007.
Financiamiento etapa de investigación y redacción
Ramón Aboitiz Musatadi.
Juan José Zavala y Cunningham.
Impresión
Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco.
Vitoria-Gasteiz, 2006.
Descripción
Arrojos, dichas y nostalgias contiene relatos protagonizados por mujeres y hombres, casi todos nacidos dentro de las primeras tres décadas del siglo XX, quienes debieron extender sus rutas de vida más allá de los límites de Euskadi y conducirse por las venturas del océano hacia una distante región llamada Valparaíso, cuando apenas le sonreían a la infancia o recién vislumbraban la juventud, a causa de los fenómenos sociales, económicos y bélicos que se entrelazaron en Europa durante aquella época.
A lo largo de ocho meses, tuve la posibilidad de recopilar los testimonios de 43 euskaldunes. La mayoría de ellos, seres octogenarios que rescataron desde los archivos más antiguos de sus memorias detalles de una existencia marcada por un éxodo detonado por factores de distinta naturaleza, siendo la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial los más radicales. Otro tanto, hijos o nietos de los que desde las cercanías del 1900 comenzaron a delinear la trayectoria de los vascos del Valparaíso de la centuria pasada.
Sin la posibilidad de llevar a cabo aquellas sesiones de entrevistas, gran parte del texto no hubiese podido ser escrito, ya que los antecedentes, fechas y nombres que los consultados proporcionaron, constituyeron las herramientas fundamentales para construir las piezas que le faltaban al puzzle de la presencia vascongada en la zona.
Los antecedentes extraídos de la fuente oral más los datos suministrados por libros, diarios y revistas que sirvieron para contextualizar y otorgar rigurosidad a los contenidos expuestos, son los dos hilos con los que se entretejió este repaso por la historia de los euskaldunes valpinos del siglo XX.
Los acontecimientos que alberga este trabajo transcurren, principalmente, en la región de Valparaíso, no obstante hay un elevado porcentaje de páginas dedicadas a Euskadi, como el escenario en el que suceden los hechos que incitaron la entrada de vascos a Chile, pero también como el objeto de las remembranzas más entrañables: la montaña, el caserío, la familia… la madre.
Contenidos
Si bien se trata de un libro sobre el siglo XX, Arrojos, dichas y nostalgias arranca con una referencia al Valparaíso previo a cruzar el portal del 1900 y a los años de prosperidad que convocaron a un considerable número de filántropos de origen vascongado -descendientes en segunda o tercera generación- que se dejaron imbuir por el entusiasmo progresista y contribuyeron a concretar diversas obras viales, sanitarias, estructurales, educacionales, culturales y sociales. Entre éstos, se puede señalar al intendente Francisco Echaurren, a la familia Orrego, al ebanista Fermín Vivaceta, al ingeniero José Francisco Vergara Echevers, al político Silvestre Ochagavía Errázuriz, al empresario José Tomás Urmeneta, al periodista Pedro Félix Vicuña Aguirre, al intelectual Pascual Ezquerra, a la novelista Rosario Orrego y a Eduardo de la Barra Lastarria, rector del emblemático Liceo Nº 1 de Hombres.
Al entrar en el siglo XX, un Valparaíso más alicaído por los estragos del terremoto de 1906 y, prontamente, desplazado por la apertura del Canal de Panamá, ya no ofrecerá desbordantes éxitos económicos, pero sí representará un lugar en donde vivir en paz. Es ésta la región con que se encuentran los inmigrantes vascos más recientes, quienes con esfuerzo logran salir adelante en el comercio y, junto con formar familia y echar raíces, se dan al propósito de recrear la Euskadi añorada mediante la fundación de clubes con distintos grados de fortuna.
A bordo de míticas embarcaciones como Monte Amboto, Monte Udala, Cabo de Buena Esperanza, Reina del Pacífico, Orbita, Cristóforo Colombo, Orduña, Oropesa, Corrientes, Formosa y, por supuesto, Winnipeg, los vascos llegados a Valparaíso entre 1900 y 1950 iniciaron desde distintos puertos de Europa un periplo oceánico, en la mayoría de los casos trazado por los peligros de la guerra, que los trajo a la zona a través de dos vías posibles: el histórico Tren Trasandino, luego de desembarcar en Buenos Aires, o directamente a las costas chilenas.
Sobre el emblemático Winnipeg, rescato una pequeña parte del relato de don Julio Garrote, quien rememora lo que llamó su atención de aquel peregrinaje que experimento con sólo 9 años de edad. “De lo que más me acuerdo es que aprendí ajedrez, pues los viejos jugaban todos los días. También había un coro que lo dirigía el maestro Muguruza y pasaba cantando. Yo me enfermé en el Canal de Panamá, pues dormí en cubierta una noche de lluvia; estuve casi inconsciente, recién vine a abrir mis ojos en Arica, donde bajaron algunos.
(Al concluir el viaje) “llegamos y permanecimos toda la noche en la cubierta del barco, porque Valparaíso nos había parecido impresionante. Estuvimos cantando sin dormir, la tremenda juerga que armamos; finalmente, bajamos el 4 de septiembre”.(1)
Ya instalados en Valparaíso, por lo general, gracias a la ayuda de algún pariente establecido en el territorio años antes -cumpliendo con lo que se denomina migración en cadena-, que un vasco bueno para el trabajo y con un poco de olfato para los negocios se hiciera su “pequeña América”, era cuestión de tiempo.
Claro que la inserción en el medio no partía sin la ocurrencia segura de alguna que otra anécdota. Fue le sucedió a don Victoriano Zabala, cuando en su primer día de trabajo tuvo que enfrentar un confuso episodio: “Me incorporé a (ferretería) La Estrella un día lunes. Nada más entrar, me dieron una escoba para que barriese la tienda, la aseé y me fui al mostrador dispuesto a atender al cliente que llegara. Mis patrones me observaban, atentamente, desde la distancia. Estando así, entró una viejecilla y, presto a atenderla, yo le pregunté: “¿qué desea?”, y ella me respondió: “una bombilla”. Le traje lo solicitado y la anciana salió con que eso no era lo que pedía. Yo estaba sorprendido, insistía en que sí lo era y la buena señora me repetía: "mijito, eso no es una bombilla", pero no me aclaraba.
Mis patrones me observaban y sonreían disimuladamente. Yo no conseguía entender aquella situación y, finalmente, recurrí a ellos diciéndoles lo que sucedía. Me explicaron que lo demandado era una bombilla para tomar mate, en cambio, lo que yo traía se denominaba “ampolleta” en Chile. Despejado el asunto, hice mi primera venta. Por cierto, no conocía ni de oídas eso del "mate" y las "bombillas" para absorberlo. El siguiente cliente me pidió un pan de cola, mi desconcierto fue grande, pero después me explicaron de qué se trataba”.(2)
La historia comercial de Valparaíso sabe de la presencia de clásicos emporios, agencias, ferreterías, panaderías y la diversidad de establecimientos vascos que un día repletaron las avenidas porteñas, y también las de Viña del Mar y pueblos del interior. Es más, aún es factible encontrar negocios euskaldunes que permanecen activos, como rehusándose a sucumbir ante paso de los años y la competencia de las grandes tiendas; también se puede descubrir exponentes actuales a cargo de generaciones más nuevas de vascos inmigrantes.
La lista es extensa, algunos comercios todavía en funcionamiento son jabonería La Yolanda, Botonería y Cordonería Ibarra, Deportes Magaña, uniformes Blanca Nieves y ferreterías La Paloma y La Francesa. Ya extintos están los bazares El Planeta, El Gallo, El Vapor, El Cañonazo, El Caballo Negro, El Crédito, El Nuevo Cometa, El Águila y tantos otros. Éstos podrán sonar sólo como nombres sin mayor relevancia, pero quien conoce Valparaíso está al corriente de la importancia que los otrora boyantes almacenes tuvieron en su tradición comercial, y quien se conecta con la esencia nostálgica de aquella ciudad, entiende el significado de estas entidades como símbolos de un tiempo irrepetible.
Pero no sólo en lo comercial destacaron los vascos que hicieron de Valparaíso su terruño adoptivo: sobre el deporte, el sacerdocio y el arte, por ejemplo, hay mucho que contar. En la primera categoría, figuran nombres como el de Fermín Lecea, quien fue el ídolo de los jóvenes euskaldunes residentes que asistían cada domingo al estadio para verlo jugar en el equipo porteño Santiago Wanderers; o el de Jesús Magaña, que en ciclismo y básquetbol hizo gala de sus potencialidades atléticas, y junto a los hermanos Ibaceta representó en varias oportunidades a Chile y Valparaíso en la era dorada del baloncesto regional.
Siempre interesados por el deporte, entre los vascos de Valparaíso alcanzó ribetes de leyenda la visita que el 9 de mayo de 1938 realizara a la ciudad la Selección Vasca de Fútbol. En la prensa quedó registrado lo siguiente: “La fama de grandes jugadores y poderoso conjunto que ostenta el team vasco de fútbol “Euskadi”, se justificó plenamente en la presentación que hizo ayer en el Estadio, la que pese a ser día de trabajo, fue vista por un público de cuatro mil personas. Tuvieron por rival al Santiago Wanderers”.(3)
Pasando a los otros ámbitos, en lo religioso hay exponentes ampliamente conocidos a nivel local, entre estos, Vicente Echevarría Bilbao, Félix Ruiz de Escudero y Kepa Bilbao Laca. Y en lo artístico, es imposible dejar fuera al compositor y maestro Ramón Muguruza Zubillaga, al ebanista Emiliano de Vírgala y al arquitecto Pablo Mondragón.
Entregándose a sus talentos y capacidades, los vascos enraízan sus vidas en Valparaíso, mientras intentan mantener el vínculo con Euskadi a través de la formación de centros para la celebración de sus tradiciones ancestrales y el afianzamiento de los lazos de cooperación entre los integrantes de la colonia. Es así como nacen instituciones tan antiguas como el Irurak Bat, equipo de altivos pelotaris que en las primeras décadas del siglo pasado gozó de gran popularidad entre los integrantes de la sociedad porteña. Pero la más recordada de las agrupaciones, receptora hoy de los sentimientos nostálgicos de todos aquellos que vivieron el auge de la colectividad, es la Eusko Etxea o Centro Vasco de Valparaíso, que por tres décadas acunó interminables jornadas de camaradería.
La Eusko Etxea de Valparaíso tuvo su origen una noche bohemia de 1943, cuando un grupo de amigos se reunió en el bar Academia de Billares, del señor Victoriano Lluvia, y al calor de la conversación sentó las bases de lo que sería la institución. De los asistentes a aquella velada del 43, fueron tres los que sobrevivieron para evocar viejos tiempos y ayudarme en la elaboración de este libro: Victoriano Zabala, Pedro Leguina y Pedro Elorriaga, de ellos sólo el último permaneció en la Quinta Región, ya que el primero retornó a su Algorta natal y el segundo se trasladó a Santiago.
Pero fue en 1947 cuando se contó con una sede que por su ubicación hoy es recordada como la “Casona de calle Freire”. Sólo por nombrar algunos, personajes representativos de aquel periodo de oro son el empresario Juan Aboitiz Amesti, primer presidente de la institución, y los señores Pedro Leguina y Juan Andraca, pertenecientes a la directiva original. Con cariño se recuerda al doctor Luis Mondragón, a la cabeza de la entidad por más de 15 años y gran txistulari; y al acordeonista y cantante Antonio Narvarte, quien con su música alegró fiestas típicas como el Aberri Eguna y el Iñaki Deuna. Las damas de ayuda solidaria, a cargo de las señoras Begoña Magunacelaya, Agustina Coscorroza y María Nieves Undabarrena, organizaron numerosos almuerzos y onces de beneficencia.
Sobre esa etapa, don Pedro Elorriaga evoca con nostalgia que “en domingo hacíamos bailes euskaldunes y populares en el Parque Italia, yo me vestía de espatadanzari, ataviado con camisa y pantalón blanco, boina roja y faja verde; mi señora cuenta que antes de conocerme siempre iba a ver bailar a los vascos, pues le encantaba cómo lucíamos nuestros atuendos”.(4)
En la desaparecida “Casona de calle Freire”, frente a las sombras de los árboles del Parque Italia, también se experimentaron momentos de valor histórico para los euskaldunes valpinos: las visitas de los lehendakaris José Antonio de Aguirre -por segunda vez, la primera ocurrió en 1942- y Jesús María de Leizaola son algunos de los hitos más importantes.
Lamentablemente, por distintos factores, la sede de la Eusko Etxea debió cerrar sus puertas, lo cual marcó el fin de una época inolvidable para la colonia, hecho sobre el cual un anciano Luis Mondragón reflexionó en su último discurso, del que se pueden extraer estas palabras: “Eran todos, éramos todos, patriotas vascos entusiastas; era el momento histórico del patriotismo entusiasta: la guerra en España y la guerra en Europa nos tenían enardecidos como a todo el mundo.
Pero después, junto con irse apagando tranquilamente ese fragor, se fue enfriando también Euzko Etxea: nos fuimos envejeciendo, y muriendo, y no supimos, o no pudimos, atraer a los jóvenes, principalmente, sin duda, por carecer de espacio material donde pudieran gozar de esparcimiento. Y así, nuestra Casa Vasca murió de vejez, de muerte natural. Quedábamos sólo pocos carcas consumidos, viviendo de recuerdos”.(5)
En la actualidad, y desde 1995, la Eusko Etxea de Valparaíso ha resurgido y, no sin dificultades, logrado impulsar una nueva generación de ideas y actividades en torno al vínculo que une a sus integrantes con el País Vasco.
Volviendo al libro, Arrojos, dichas y nostalgias concluye con un capítulo despojado de datos bibliográficos, construido sólo a partir de recuerdos personales y archivos familiares.
Por un lado está la presentación de nueve testimonios, entrevistas seleccionadas que fueron transformadas en relatos en primera persona, cronológicos y sin grandes ornamentos, tratando de conservar el contenido y sencillez de los discursos. Éstos apuntan a lo íntimo, develan la experiencia de la migración y la inserción en una sociedad distinta, desde la óptica particular de quien las vivió, matizando episodios dramáticos con graciosas anécdotas encabezadas por los entonces niños y jóvenes protagonistas de esta obra.
Por otro, la breve historia de tres hermanos vascos que fueron enviados por su madre a la Unión Soviética para sortear la violencia de la Guerra Civil Española, y que pudo ser recreada gracias a que un sobrino de ellos recopiló un importante número de cartas que durante esos años se triangularon entre Moscú, Valparaíso y Bilbao, y que por muchos años representaron la única forma de comunicación para una familia dividida.
Conclusión
Más que decir que Arrojos, dichas y nostalgias. Vascos en el Valparaíso del siglo XX trata “la historia de los vascos en Valparaíso”, lo correcto es expresar que aborda “historias de vascos llegados a Valparaíso”, una sutileza que marca una gran diferencia en el contenido.
Sus páginas están construidas por relatos de vivencias particulares que dan forma a un contexto general, y que a mí entender son representativas de otras miles que también han sido trazadas por guerras, éxodos y renaceres en tierras extrañas.
Valparaíso recibió con los brazos abiertos a los inmigrantes que llegaron desde Euskadi, quienes realizaron grandes y pequeños aportes a través de las actividades que emprendieron. Se trataba de las primeras décadas del siglo XX, cuando Chile recién se construía y sus gentes conservaban la sencillez e ingenuidad propias de los pueblos aún no arrasados totalmente por la modernidad ni absorbidos por la globalización.
Los euskaldunes arribaban dispuestos a partir desde cero, a punta de esfuerzo, y fueron creciendo a la par con la comunidad que encontraron. La mayoría se relacionó y entabló estrechos lazos con los ciudadanos locales y, al pasar de los años, logró sentir a la región como su hogar, tanto así que muchos optaron por no retornar cuando tuvieron la oportunidad -claro, sin entender por esto que hayan dejado de extrañar al terruño, por ningún motivo, algo así no tendría cabida en un vasco -.
Estos hombres y mujeres que arribaron a Valparaíso ya dejaron atrás los días agitados de los primeros años de residencia, aquellos en que se entregaron a una causa o afianzaron un futuro y formaron familia. Muchos de ellos partieron de este mundo y otros hoy viven los tiempos de cosecha junto a hijos, nietos y hasta bisnietos, luego de recorrer un extenso camino franqueado por Arrojos, dichas y nostalgias.
1- Julio Garrote, en “Arrojos, dichas y nostalgias”.
2- Victoriano Zabala, en “Arrojos, dichas y nostalgias”.
3- La Estrella de Valparaíso, en “Arrojos, dichas y nostalgias”.
4- Pedro Elorriaga, en “Arrojos, dichas y nostalgias”.
5- Luis Mondragón, en “Arrojos, dichas y nostalgias”.